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“El cambio al doble apellido es un avance democratizador”, sostuvo Irene Meler, psicoanalista e investigadora en temas de género, respecto de la ley que el Congreso se dispone a tratar: “El régimen de dominación masculina se ha puesto en cuestión, y se empieza a restituir a las mujeres derechos elementales como el de nombrar a la prole con su apellido”. Nelly Minyersky, profesora titular de derecho de familia en la UBA, discrepó con “la obligatoriedad del doble apellido, que de hecho ya es tradicional en países de Iberoamérica y ha tenido un sentido discriminatorio para el que, sin padre que lo haya reconocido, cuenta con un solo apellido”; estimó oportuno, en cambio, “que la madre, sin mediar consentimiento del padre, pueda exigir que el hijo lleve su apellido junto al paterno”. El psicoanalista Germán García consideró que la incorporación del doble apellido “parece más bien una vindicación formal: está en el orden de dignificar a las mujeres, de manera parecida a las reivindicaciones de género en el lenguaje, que requieren dejar de lado expresiones machistas”. El autor de esta nota consultó también, introspectivamente, a la memoria de su madre, tal como puede leerse más abajo.

 

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